Yonqui, fumeta, marihuano, pacheco… La prohibición te estigmatiza. Pero el consumo de sustancias psicoactivas no es una condicionante para una vida digna.
El lenguaje que usamos para nombrar a quienes consumen sustancias psicoactivas rara vez es neutral. Son etiquetas cargadas de desprecio, construidas durante décadas de políticas prohibicionistas que necesitaron un enemigo al que señalar para justificarse. Pero el consumo de drogas no despoja a nadie de sus derechos. Usar una sustancia psicoactiva no te convierte en un ciudadano de segunda categoría: sigues teniendo derecho a la salud, al trabajo, a la vivienda, a la educación, a la privacidad, a no ser criminalizado por decidir sobre tu propio cuerpo, y a recibir atención médica sin miedo a ser juzgado o denunciado.