Yonqui, fumeta, marihuano, pacheco… La prohibición te estigmatiza. Pero el consumo de sustancias psicoactivas no es una condicionante para una vida digna.

El lenguaje que usamos para nombrar a quienes consumen sustancias psicoactivas rara vez es neutral. Son etiquetas cargadas de desprecio, construidas durante décadas de políticas prohibicionistas que necesitaron un enemigo al que señalar para justificarse. Pero el consumo de drogas no despoja a nadie de sus derechos. Usar una sustancia psicoactiva no te convierte en un ciudadano de segunda categoría: sigues teniendo derecho a la salud, al trabajo, a la vivienda, a la educación, a la privacidad, a no ser criminalizado por decidir sobre tu propio cuerpo, y a recibir atención médica sin miedo a ser juzgado o denunciado.

No es una promoción del consumo, sino una estrategia que prioriza:

Reducir muertes por sobredosis.

Reducir contagios de enfermedades (VIH, hepatitis, por uso de jeringas compartidas, por ejemplo).

Evitar consecuencias legales o sociales extremas.

Facilitar el acceso a información y servicios de salud sin estigmatizar a quien consume.

Principios generales

Informarse antes de consumir: conocer qué sustancia es, su procedencia y posibles adulterantes.

No consumir solo/a: tener a alguien cerca que pueda pedir ayuda en caso de emergencia.

Conocer los propios límites y contexto de salud: condiciones médicas previas, medicamentos que se estén tomando, etc.

Evitar mezclar sustancias, ya que las combinaciones aumentan el riesgo de manera impredecible.

Tener acceso a naloxona en el caso de opioides, que puede revertir una sobredosis.

Buscar servicios de análisis de sustancias (drug checking) donde existan, para detectar adulterantes.

¿Qué es el consumo responsable?

 

 
 
 
 
 
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Una publicación compartida por Menos Daño (@menosdano)

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